Fue ayer, a la hora de la cena. En ese bonito momento común de compartir las vivencias comunes del día.
"Vino a consulta Inés, está ahora en un campus urbano. De 8 de la mañana a 6 de la tarde. Sus padres los dos trabajan y las abuelas están en el pueblo".
Niña de 5 años con "jornada laboral" de 10 horas.
"Te dejo a Mayte, está algo enfríada, poca cosa, le he chutado un dalsy para que pueda venir a clase. Es que no la puedo dejar con nadie y en el trabajo se han puesto muy chungos". Maite no tiene derecho a baja.
"Es difícil buscar días para que Pedro haga rehabilitación. Es que, además de las clases, tiene fútbol, natación y guitarra".
Son nombres ficticios de casos reales. Padres/Madres estresados, culpabilizándose por su total incompatiblidad entre horarios laborales y familiares. La imposibilidad de conciliar, mínimamente, trabajo y familia.
Esto es una cuestión de Estado. Pero no lo dice Europa. Quizá porque muchos países ya lo tengan resuelto.
Jornadas maratonianas con escasa productividad, emociones y sentimientos a flor de comentarios, conflictos entre parejas,...
Así se va, poco a poco, lenta pero letalmente, fraguando un fracaso escolar.
Pero esto no interesa a los políticos. De uno y otro signo.
La gran brecha en España en el Siglo XXI, advierten algunos sociólogos, no va ser la de los sexos, va a ser la de las generaciones. Primero, por un escaso relevo que va entumeciendo el músculo del país y, segundo, por las diferencias culturales, de oportunidades y de derechos.
Y esto empieza desde la cuna. En la actualidad, tristemente, Mayte no tiene derecho a baja.
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